info@pfeiffer-arte.de   

  Home

  Arbeiten

  Ausstellungen

  Kontakte

  Künstler

  Texte

Karin Stempel
 
"No puedo decir lo que veo, pero si digo lo que percibo yo siento que veo de forma diferente y cosas diferentes".
Theo Kneubühler
 
Triángulos incrustados en el paisaje grabados en el espacio, flotantes, ensillados colgantes; triángulos que te enseñan el camino, enfocando energías, guiando fuerzas, triángulos marcajes en la nada, que crean relaciones, que son relación y que relacionan.
El intento de Johannes Pfeiffer de darle una imagen al mundo y de dar una imagen del mundo se basa en el muy antiguo arte de la triangulación, de la medición de triángulos, donde sirviéndose de las funciones seno/coseno, secante/cosecante, tangente/cotangente pueden determinarse figuras y cuerpos. La geometría constructiva ha demostrado que a partir de las piezas existentes de una de estas figuras se pueden determinar también las piezas que faltan para perfeccionar la figura. Según el campo de aplicación se distingue entre la trigonometría plana y la de los cuerpos, de la que ha salido la trigonometría esferoidal, que parte de que la tierra justamente no es un globo exacto que se emplea hasta hoy en día para la medición del campo.
Correspondiendo de forma aparente a la lógica de este sistema, Johannes Pfeiffer parte con sus triangulaciones dentro de una situación espacial existente y de allí desarrolla una nueva situación de espacio, cuya lógica geométrica imanente representa un segundo plano de reflexión y lo hace visible. Se trata siempre de introducir una cuña en la percepción cotidiana de un paisaje, de un terreno, de un cuarto, que al ser tan obviamente artificial impregna otro paisaje, este terreno, este cuarto y lo convierte en experiencia. Esto pasa por ejemplo, en su obra: 'Das ungenannte Tier' ('El animal sin nombre') del 1991 donde el plano de reflexión parece separarse del cuerpo de la tierra como piel y deja la tierra a la vista y abierta sin protección/sin cubrimiento del retículo regular del techo de ladrillo o también en la triangulación III, donde mediante guijarros de mármol situados encima de barras de acero, el artista crea un segundo plano en aparencia geométrica independiente de la formación del terreno o en su primera triangulación del 1985 extiende un triángulo formado de piedras en un campo labrado. Energías se concentran, se localizan y se alinean, se vuelven visibles las tensiones entre el núcleo y la envoltura, entre cuerpo y piel, entre plano y extensión, entre materia y forma, entre geografía y geometría, entre cultura y naturaleza. Estas tensiones se convierten en una imagen cuyo fondo translúcido se entrecruzan los diversos potenciales en parte antipuestos, en parte complementarios de la percepción, de la experiencia del aspecto y del punto de vista.
Lo importante es el juego armónico entre el punto de partida y la colocación entre la ranura y el emplazamiento, entre el vacío y la plenitud, que en la obra de Johannes Pfeiffer están incesantemente relacionados de manera discursiva, sin que sea posible disolverlos en un discurso. Del diálogo continuo hace más bien una tercera dimensión insoluble, donde todo parece posible y sin embargo, todo es la regla, una dimensión simbólica pero se opone a ser descifrado, preciso en el detalle y vacilante en su estructura.
El objeto es imagen que, como la veo de un mapa no dibujado se sobrepone sobre lo que en realidad es un campo labrado, un olivar, una formación de terreno o un bloque de edificios. Pero - y ahí lo característico de estas obras - el punto de vista y el aspecto entran en una simbiosis real, donde la imagen como un velo transparente envuelve la realidad, como un sonido lejano, un eco que se pierde en el espacio, sin sitio ni nombre, totalmente presente y siempre a punto de desaparecer, de volver a disolverse y de fenecer abandonado a si mismo y a la realidad.
No por casualidad existe no solo un contexto sonoro, sino también constitutivo entre la triangulación y el triángulo, donde a través del vacío se extiende una vibración que llena el espacio, que se pierde en él, se extingue y naufraga. Como en el trabajo del mismo nombre de Johannes Pfeiffer: un triángulo construido por ladrillos colgados del techo flota atravesando el espacio con la punta inclinada y acoge cualquier impulso, cualquier estímulo y lo transmite sucesivamente a la estructura completa, con vibraciones libres, flotante, en péndulo, hasta que las energías contrapuestas llegan a un equilibrio y a un punto muerto.
Todas las obras de Johannes Pfeiffer son sistemas abiertos que asimilan energías y movimientos, vibraciones y sonidos, los transmiten y alinean al dar espacio al vacío y al describir el espacio como vacío. Los parámetros, que incorporan estos sistemas, se amplían y se liberan cada vez más, del local hacia lo global, como en su última obra, la 'Triangulation IV - Die Argonauten' ('Triangulación IV - Los Argonautas'). En ella no sólo se extrapolan y se ubican los nexos territoriales y terrestres como campos de tensión, sino que allí se representa el sistema solar completo como mecanismo universal de la reflexión. Gigantes tablas de mármol, trabajadas sólo muy crudamente, en cuyo lado orientado al sol están fijados colectores solares negros, forman un triángulo blanco gigantesco en un olivar, que reluciente al sol conserva y consume su energía, la acoge y la transmite alternando simultáneamente, blanco y negro, luz y sombra entre naturaleza y cultura, entre cultura y técnica, entre materia y energía.
Imagen y realidad están alineados como el cosmos y el mundo, pero están en un contexto invisible y conectados en un red clandestina de la mirada que imperturbable convierte lo imaginable y lo percibible a través de la imagen en una noción, que ya no tapa la vista sobre nada ni siquiera sobre si mismo.